Veintisiempre
- Jamás.Dije
- 16 mar 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 4 abr 2020
I
- ¿Puedo pasar?
- Ay, caray, ¿qué haces aquí?
- ¿Como que qué hago aquí? ¿A caso no me esperabas?
(Silencio.)
- No. Bueno, o sea, sí, pero, no hoy, ¿me explico?
(Silencio.)
- Jmmm, entonces... ¿me voy o cómo?
- No, no, no. Pasa. (Voltea a su alrededor para caer en cuenta del desorden.)
- Sí, ya sé. Perdón por el cochinero. No sabía que llegarías tan pronto. Vaya, esperaba... bueno, no, no esperaba. Tú me entiendes, ¿no?
- No.
- Es que estoy en reconstrucción.
- ¿Reconstrucción? Pero, si esto parece zona de guerra.
(Silencio. Dos miradas incómodas se cruzan.)
- Lo sé.
- ¿Qué sabes?
- Nada. Al parecer, nada. Esperaba que llegaras, sólo que no esperaba que fuera precisamente hoy. Supuse que a lo mejor en algún otro momento, con alguna otra historia, en algún otro suspiro o cuando no estuviera a la mitad de una lucha campal entre lo que soy, lo que no soy, lo que aspiro a ser, lo que fui, lo que medio fui, lo que hago, lo que hice.
- ¿Me estás corriendo?
- ... No. Me da gusto que estés aquí. ¿Me quieres acompañar a acomodar estos pedazos que hay por aquí?
- Cuando dices ‘estos pedazos’, temo decirte, que no resultas muy claro: hay pedazos de todo por todos lados.
- Es que así soy yo. Me gusta coleccionar memorias. Me gusta apretarlas fuerte contra el pecho para que nunca se vayan porque si se van, si las dejo ir, no estoy seguro si sería yo.
(Caminan en silencio.)
II
- ¿Extrañas a los otros?
- ¿A cuáles otros?
- A todos los y las que llegaron antes que yo. Pareciera que antes te daba más gusto recibirlos. (Se talla el ojo... no es lágrima sino una basurita.)
- Si te soy sincero, los y las otras, cuando llegaban traían más amigos consigo. También más abrazos y risas y sueños y promesas de todo lo que podríamos hacer después.
- Yo llegué solo, bueno, no solo, traigo mi maletita.
- ¿Y qué tienes ahí?
- No son millones de sonrisas, pero, todas son sinceras; tampoco globos de colores, pero, sí oraciones que te dedican algunas personas por las noches, creo que te llevan en su corazón, es cariño del bueno. (Revuelve la maleta) Ah, mmm, también te traje este frasquito con un poquito de cordura. No me queda mucha, se la he dejado a los demás que he visitado.
- ¿Es todo lo que traes? ¿Te vas a quedar poco tiempo?
- No. Esperaba quedarme una temporada. A lo mejor alcanzar a ver algunos centenares de amaneceres o a las hojas ponerse verdes, verdes, verdes y luego cafecitas, cafecitas... y después estar ahí para verlas caer.
(Ambos miran por la ventana.)
III
- Me gustan los días nublados.
- Lo sé. Nunca te han parecido tristes. ¿Tampoco te dan miedo?
- No, eso no me da miedo.
- Pero, ¿sí hay algo que te da miedo? (Desvía la mirada, pero, afirma con la cabeza.)
- ¿Qué es?¿Se puede saber? Bueno, si vamos a pasar una temporada juntos, creo que sería buena idea que lo compartieras.
- Me da miedo que un día abra los ojos y todos los pedacitos, ésos que tú llamas zona de guerra, ya no estén.
- ¿Y por qué se irían?
- Pues, mmm, porque así es la vida, ¿no? Todo se va. Todos nos vamos. Tú también te irás, algún día, y yo me quedaré aquí a esperar lo que venga.
- ¿Y qué más te da miedo?
- Que nunca los pueda poner en orden.
- ¿A quién?
- ¡A los pedacitos!
- (Sonríe) Te voy a ser sincero. He visto a mucha gente y creo que nadie ha logrado ordenarlos nunca.
- Y... ¿eso se supone que debe ser un consuelo o una preocupación?
- Ambas y ninguna a la vez. Nada y todo.
- No te entiendo, aunque tampoco es novedad, ni yo me entiendo.
- ¿Qué extrañarías si no estuvieran esos pedacitos?
- A mí. A no saber a dónde voy.
- ¿Estás perdido?
- ¡NO, CLARO QUE NO! Nada más que todavía no me encuentro. Así que aquí voy caminando con mis historias, con mis sueños, con mis memorias, con mis miedos, con mis glorias, con mis botellitas de agua salada y las fotografías que tomó el corazón.
- ¿Y por qué quieres llorar?
- ¡NO QUIERO LLORAR... es nada más algo que se me metió en el ojo!
(Silencio otra vez... pero, silencio no del frío, ni del que da miedo, sino de ésos que compartimos con quienes amamos.)
IV
- ¿Quieres pastel?
- ¿Traías pastel en tu maleta y no me dijiste?
- No sabía si querías. A lo mejor no tenías ganas de festejar. Me hablas como si todos los días fueran una batalla por no quebrarte. Lo que nunca he entendido es con quién compites o para qué compites.
- Sí quiero pastel.
- ¿No me vas a responder?
- Sí, pero, si me das pastel. (Suspira)
- Toma, pastel.
V
- Año 30, ¿y ahora qué vamos a hacer?
- ¿Qué hacías antes de que llegara?
- Improvisar. Improvisar. Improvisar.
- ¿Siempre?
- Claro que no... hay veces que no improviso... sólo me siento a ver cómo no sé qué hacer. Otras tantas corro en círculo, pero, eso sí, sonriendo para no parecer tan perdido y, mmm, a veces la verdad sólo espero a que vuelva a amanecer.
- ¿Y te ha funcionado? (Sube y baja los hombros varias veces)
VI
- ¿Te puedo dar un abrazo?
- ¿De cumpleaños?
- De lo que quieras. Aquí me voy a quedar.
- Bien. Sólo necesito pedirte un favor: no seas tan duro conmigo. Déjame equivocarme poquito. Déjame quedarme con mis pedacitos para lo que falte. ¿Lo prometes?
- ¡Feliz cumpleaños!
(Se abrazaron. No se sabe cómo termina la historia.)







Comentarios